Las risas se apagaron. Ahora todo
era una mezcla de llantos apagándose y últimos alientos. Sobre mi falda
descansaba mi gran amigo de la infancia. Su cuerpo se iba mezclando en el
silencio y la oscuridad.
-Lo siento mucho- le dije entre
sollozos.
-No te preocupes, yo entiendo-
respondió.
Puso su mano sobre la mía y
sonrió.
-Fueron buenos momentos-
-Lo fueron…- respondí, mientras
las lágrimas resbalaban por mis mejillas.
-Disfruta el resto de tu vida…-
Su mano cayó y su cuerpo
descansó, desvaneciéndose ya completamente.
Me encontré solo en mi oscuridad
mental, tratando de convencerme que era lo mejor.
Atrás quedaron las risas, las
luces, los colores y los buenos tiempos.
Ahora quedaba mirar a los ojos a
la oscura incertidumbre.
Al abrir los ojos me encontré
fuera del asilo mental.
Respiré el aire fresco y miré
hacia adelante.
Mi padre me esperaba en el coche,
listo para llevarme de vuelta a la realidad.
Mi boleto para salir de ese lugar
me costó sacrificar toda mi imaginación.
Me sentía sin alma.
-Adiós amiga mía- terminé
diciendo antes de subirme al coche.

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